EL SECRETO DE LA BANDERA

 

EL SECRETO DE LA BANDERA

 

Esta historia es verdad excepto las partes que no lo son

Estamos en Bata, la ciudad más importante de la Guinea continental. Frente a ella, al otro lado del golfo, apenas cien kilómetros de mar la separan de la isla de Bioko, donde se encuentra Santa Isabel, la capital del nuevo Estado. La ciudad conservaba todavía el nombre que había recibido en honor a Isabel II, bajo cuyo reinado España había tomado posesión de aquellas tierras.

Habían transcurrido apenas cuatro meses desde el 12 de octubre de 1968. Aquel día, entre himnos, discursos y banderas recién estrenadas, Guinea Ecuatorial había proclamado su independencia. El ministro español Manuel Fraga Iribarne, en nombre del general Franco, había escenificado el traspaso oficial de poder al nuevo presidente, Francisco Macías Nguema. Aquella ceremonia de independencia, cargada de sonrisas diplomáticas y promesas de cooperación, parecía certificar una transición pacífica. Parecía el comienzo de una nueva etapa para todos.

Pero la euforia duró poco.

Era febrero de 1969. La estación seca tocaba a su fin y las primeras lluvias no tardarían en llegar. También se acercaba otra tormenta, mucho más peligrosa: la que acabaría destruyendo el proceso de descolonización.

Dos hombres caminaban despacio por el paseo marítimo de Bata. Uno era el cónsul de España; el otro, el capitán Godoy, jefe de la Guardia Nacional, heredera de la antigua Guardia Territorial española.

Los dos compartían la misma preocupación.

El cónsul rompió el silencio.

—Capitán Godoy, ¿qué ocurrió realmente con las banderas?

Godoy tardó unos segundos en responder. Sabía que aquella pregunta encerraba mucho más que una simple disputa por unos trozos de tela. Porque, en realidad, todo había empezado por el dinero.

España se había comprometido a sostener financieramente al nuevo Estado en sus primeros pasos, pero para el presidente Macías aquella ayuda era del todo insuficiente. Exigía con insistencia más fondos, más recursos para mantener a flote un país recién nacido que amenazaba con naufragar económicamente. Al no conseguir lo que quería de Madrid, su frustración se convirtió en hostilidad abierta hacia la presencia española.

Técnicos, funcionarios, guardias civiles y oficiales españoles permanecían todavía en Guinea para facilitar la transición. Sobre el papel parecía un acuerdo razonable; en la práctica, significaba que dos autoridades distintas convivían en un mismo país, y aquello era una fuente permanente de conflictos. Aunque el trasfondo de la crisis era estrictamente financiero, la chispa que hizo estallar la crisis fue una bandera.

El presidente Macías había organizado una visita a la región continental del país, un trayecto que comenzaba en Bata y se dirigía hacia Mongomo, su localidad natal, situada a unos cien kilómetros hacia el interior por carreteras de tierra.

¡¿Pero no somos un país independiente?! —Rugió, gesticulando con violencia—. ¡¿Cómo es que hay tantas banderas españolas en la avenida principal de Bata?! ¡Cuando vuelva de Mongomo quiero ver  una sola!

La puerta del coche se cerró con un golpe seco. El motor rugió, levantando una nube de polvo que envolvió a los presentes.

En realidad, había tres banderas. Una en el consulado, otra en el cuartel de la Guardia Civil y la última en la residencia del cónsul, la antigua casa del propio capitán Godoy. Para Macías, sin embargo, esas tres franjas rojas y gualdas eran una provocación insoportable, el fantasma de un imperio que se resistía a morir.

Godoy, que había visto nacer a la nueva Guardia Nacional a partir de su vieja Guardia Territorial, sintió el peso del traspaso de poderes. Los oficiales guineanos debían asumir el mando, pero el aire estaba cargado de desconfianza. Mientras la comitiva presidencial se perdía en la selva camino a Mongomo, el capitán miró de reojo los tres mástiles que aún resistían al viento. Supo, en ese mismo instante, que la tormenta ya había comenzado.

La orden de Macías no se hizo esperar: la bandera de la discordia debía desaparecer. El cónsul español se negó en redondo, alegando que un asunto de tal gravedad requería consultar primero con el embajador en Santa Isabel. Pero la diplomacia no era una opción para el nuevo régimen. El comandante guineano Tray envió un piquete de ocho soldados que, trepando por la fachada del edificio consular ante la mirada atónita de los transeúntes, arrancaron el pabellón español de su mástil.

Aquel asalto fue la chispa definitiva. El inicio de un éxodo silencioso y apresurado que obligaría a miles de españoles, arraigados durante generaciones en una tierra que amaban profundamente, a huir con lo puesto, dejando atrás sus vidas enteras encerradas en casas que nunca volverían a habitar.

Al enterarse del ultraje, el capitán Godoy no se amedrentó. Mandó llamar de inmediato a los soldados que habían ejecutado la acción.

— ¿Por qué han retirado esa bandera? —les inquirió con voz firme.

 —Órdenes del comandante Tray, mi capitán —respondieron, intimidados por la autoridad de quien seguía siendo su instructor.

 —Entréguenmela. Ahora mismo.

Los soldados obedecieron. Con sus propias manos, Godoy volvió a izar la bandera en la residencia del cónsul. El desafío estaba echado.

Cuando el presidente Macías regresó de su viaje por el continente y vio que las tres enseñas españolas seguían ondeando al viento de Bata, estalló en cólera. Se presentó en la residencia consular y mandó llamar al militar español. El aire del patio se cortaba con un cuchillo mientras el presidente gritaba, fuera de sí:

 — ¡Capitán Godoy! ¿Es que no sabe que soy el presidente de esta nación? ¡Nadie pasa por encima de mis órdenes! ¡Se acabó que manden los blancos! ¡Ahora mandan los negros!

El cónsul intentó mediar, buscando desesperadamente reconducir el conflicto hacia cauces diplomáticos: —Señor presidente, esto no se puede hacer de este modo. Ha ordenado un acto hostil contra España y su bandera. Debería haber seguido los canales oficiales…

— ¿Usted también va a poner en duda mis órdenes? —Le interrumpió Macías, señalándolo con el dedo—. Tienen cuarenta y ocho horas para abandonar el país. Y este edificio queda confiscado desde este mismo instante. Pasa a ser propiedad del pueblo de Guinea.

El capitán Godoy dio un paso al frente. Mantuvo la mirada del presidente y, con una serenidad cortante, respondió: —De acuerdo. Pero la bandera de España se retira con honores.

Aquella última tarde en Bata, el sol empezó a caer tiñendo el cielo de un rojo encendido. Godoy reunió a los guardias civiles que quedaban y a un pequeño grupo de compatriotas. En mitad de un silencio sepulcral, roto solo por las notas solemnes del himno nacional, la bandera fue descendiendo despacio. La doblaron con un cuidado casi sagrado, protegiendo cada pliegue de la humedad y el polvo africano. Pocas horas después, Godoy embarcaba en un vuelo regular de línea hacia Madrid. En su equipaje de mano viajaba el pedazo de tela por el que casi había estallado una guerra.

Al llegar a la Dirección General de Asuntos Africanos en Madrid, el capitán entró en el despacho oficial sin saber muy bien qué decir. Se cuadró ante sus superiores y resumió la crisis en siete palabras: —Me ha echado el presidente del país.

Godoy temía que aquel incidente pusiera fin a su carrera militar. Sin embargo, para su sorpresa, la respuesta fue de una gran calidez: —Ha hecho usted lo que debía. Como viene de Guinea, tiene preferencia absoluta de destino. ¿Dónde quiere ir? —Al cuartel de Camposoto, en San Fernando —respondió sin dudarlo. Necesitaba el mar de Cádiz, el viento de levante y el hogar.

Una noche cerrada de 1969, en una calle silenciosa de San Fernando, la silueta del capitán se recortó contra la fachada de su casa. Sin llaves, como quien regresa tarde de una noche de juerga y no quiere despertar a todo el vecindario, se acercó a la ventana y dio unos golpecitos suaves en el cristal del cierro. El sobresalto inicial de su esposa dio paso a una alegría desbordante que inundó la casa de abrazos, lágrimas y un alivio largamente esperado por toda la familia.

Desde aquella misma noche, la bandera de Bata quedó instalada en un lugar de honor en el salón de la casa familiar. Durante décadas, presenció almuerzos, navidades y el crecimiento de los hijos. Mi padre, un hombre extraordinariamente reservado que prefería el silencio a la autocomplacencia, nunca presumió de su hazaña. De hecho, no fue hasta los últimos años de su vida cuando, casi de pasada, nos reveló por fin la increíble historia de aquella bandera que llevábamos toda la vida mirando.

 

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